Pedro Manero, tanto en su Provincia como al frente de la Orden, fue un hombre amante e impulsor de los estudios.
Reunió una selecta librería de más de catorce mil volúmenes, que se dispersaron a su muerte.
Organizó en Madrid el Archivo general de su Religión.
Sintieron su muerte especialmente los pobres, a quienes socorría largamente, hasta llegar a darles, no teniendo a mano otro socorro, su anillo episcopal o un candelero de plata de su oratorio.
Escribió asimismo documentos propios de sus cargos, sermones panegíricos y morales, cartas y otras piezas literarias.