[5] Históricamente, los antipapas surgieron por diversas razones, siendo tres las principales:[2] El primer antipapa fue Hipólito de Roma,[6] cuyo papado se extendió entre los años 217 y 235, y el último reconocido canónicamente por la Iglesia católica fue Félix V (1440-1449), elegido por el Concilio de Basilea.
Ocurre cuando una de las partes (con mayor probabilidad el antipapa) difiere doctrinalmente del legítimo pontífice y es favorecido por las autoridades o el pueblo.
Algunos de ellos fueron partidarios del sedevacantismo por postular que la sede está vacante y por lo tanto apoyaron la necesidad de un concilio imperfecto o cónclave para elegir a un nuevo pontífice, a esta teoría se la denomina conclavismo, por ejemplo Lucian Pulvermacher (Pío XIII), David Bawden (Miguel I).
En esos casos era habitual que los emperadores (del Imperio romano y luego del Sacro Imperio Romano Germánico) depusieran al legítimo pontífice, lo desterraran o encarcelaran y ponían en su lugar a uno de sus favoritos si aquel les contradecía.
Tal ocurrió con el papa Formoso, cuyo cadáver fue juzgado en el Concilio Cadavérico por el papa Esteban VI (que apoyaba a Lamberto II de Spoleto para la corona del Sacro Imperio) por supuestos errores eclesiásticos y herejía: le hizo quitar las vestiduras pontificias, mutilarlo y arrojar sus restos al Tíber, declarándolo antipapa.
La situación llegó a su punto culminante cuando Roma se encontró seriamente dividida entre los partidarios del papa León V y el antipapa Cristóbal.
La situación fue salvada después de que Sergio III (tercero en reclamar el pontificado) prendiera a los dos disputantes y los hiciera estrangular, quedando como único pretendiente.
Durante el siglo IV, previa a su declaración como religión oficial del imperio romano, los antipapas seguía siendo por cuestiones doctrianales, especialmente por el arrianismo.
Ante esto, la Iglesia católica se encontró con tres cabezas dirigentes: Benedicto XIII, Gregorio XII y Alejandro V.