Anthony Shaffer, hermano gemelo del también dramaturgo Peter Shaffer (Amadeus), obtuvo cierta popularidad en los años setenta cuando estrenó su obra La huella, posteriormente adaptada al cine por Joseph Lee Mankiewicz.
En efecto, la dominación del espacio escénico en un momento dado por uno de los personajes depara ciertos apuntes sobre las relaciones de sometimiento entre la burguesía y el proletariado y sobre la posterior venganza del mismo.
Todo ello observado por unos ojos privilegiados: los del detective Hércules Poirot (Peter Ustinov).
Una presencia que Shaffer aprovechó para formular, con la ayuda del realizador, un análisis sobre el valor de la mirada: en la primera escena en la que aparecía el detective los ojos de una efigie egipcia se clavaban en los del protagonista, quien a su vez le correspondía.
La muerte del compositor de aquella película Nino Rota en 1979 no fue ajena a esa elección estilística.