Peter Sutcliffe

Siguió el eco y se dirigió a una antigua tumba cubierta de maleza de un hombre polaco, fallecido muchos años atrás, y contempló el crucifijo grabado en la lápida.

Al comienzo, era solo un murmullo, frases sin conexión ni sentido, pero, luego, la resonancia se volvió más nítida, y el joven comprendió que la voz ahora le daba órdenes.

Le asestó un puñetazo a un amigo por una broma sin trascendencia que le hiciera aquel –el impacto fue tan violento que se fracturó la muñeca-, y también le pegó con un mazo en el cráneo a un compañero de trabajo, dejándolo inconsciente.»[4]​ Sus víctimas, todas mortales salvo dos, fueron las siguientes: Para perpetrar sus homicidios se valía de un arsenal de instrumentos improvisados muy dispar.

Su arma letal preferida eran los destornilladores, cuyas puntas aguzaba para blandirlas a manera de puñales.

Su encarnizamiento era tan tremendo que en una autopsia los forenses llegaron a contar cincuenta y dos puñaladas infligidas sobre el cadáver.

Aunque de baja estatura era sumamente fornido, y el frenesí que lo imbuía al emprender sus asaltos lo tornaba en extremo peligroso.

Una vez que tenía a la víctima indefensa en el suelo, la remataba asestándole golpes en la cabeza y, acto seguido, le infería hondos cortes en el vientre con un cuchillo o mediante un agudo destornillador.

En ciertas ocasiones sustrajo órganos a los cadáveres, crueldad que le valió el nombre de “Destripador”.

Sutcliffe cayó en gruesas contradicciones y, tras un maratónico interrogatorio que duró dieciséis horas, terminó confesando plenamente su culpa.

Para la integridad física de Sutcliffe, su traslado al hospicio fue muy adecuado, pues en la prisión común su vida corría grave peligro.

[9]​ Otro fenómeno provocado por estos homicidios radicó en que parecen haber fomentado una conducta extraña en parte de la población británica.

[10]​ Tras el arresto del asesino múltiple, la policía inglesa comprendió que había cometido muchos errores durante las pesquisas, y este reconocimiento dio origen a un proceso de revisión que desembocó en la creación de la National Crime Faculty en 1995, la cual al presente se ha convertido en un punto clave en la investigación de delitos graves en el Reino Unido.