Desde muy niño residió en Venezuela, llegando con su padre quien había sido invitado por el presidente Joaquín Crespo para llevar a cabo trabajos en las obras públicas de Caracas.
[2][3] Enamorado del paisaje venezolano, pronto se sintió conmovido por el Cerro El Ávila, montaña al norte de Caracas, que pintó desde todos sus ángulos y con todos los matices.
Después de varias exposiciones exitosas en Caracas, se trasladó a París en 1920, donde residió hasta 1930.
En estos cuadros abandona la visión cercana e intimista con la que suele representar el Ávila, y adopta una perspectiva panorámica afín a la que empleaba José María Velasco para plasmar el Valle de México a fines del siglo XIX.
Estas pinturas muestran «la grandiosidad del paisaje andino, resplandeciente de infinitos verdes en una cálida atmósfera».