Las fosas oceánicas, también conocidas como fosas marinas, son estrechas y profundas trincheras que suelen encontrarse adosadas a los bordes continentales o junto a arcos de islas volcánicas, especialmente en el Pacífico.
En el Pacífico occidental se encuentra el mayor número de fosas y las más profundas, con seis fosas que superan los 10 000 m de profundidad.
Durante muchos años sorprendió que las zonas más profundas del océano no se hallasen en su centro, sino junto a las costas de islas volcánicas y continentes.
Dichas zonas de subducción están asociadas a una intensa actividad sísmica provocada por las tensiones, compresiones y rozamiento entre las dos placas.
Los grandes terremotos y tsunamis ocurridos en Japón o Indonesia fueron causados por este fenómeno.
Tanto la profundidad inicial como el ángulo de subducción son mayores para la litosfera oceánica más antigua, lo que se refleja en las profundas fosas del Pacífico occidental.
[7] En ocasiones, los sedimentos son transportados a lo largo del eje de una fosa oceánica.
[9] Los márgenes convergentes se clasifican en erosivos o acrecionales, y esto influye mucho en la morfología del talud interior de la fosa.
El borde de la losa experimenta subsidencia y empinamiento, con fallamiento normal.
La pendiente está sustentada por rocas ígneas y metamórficas relativamente fuertes, que mantienen un elevado ángulo de reposo.
Éstas compiten con la formación de cañones por los ríos que drenan hacia la fosa.
La primera es por acreción frontal, en la que los sedimentos son raspados de la placa descendente y emplazados en la parte frontal del prisma de acreción.
A medida que crece la cuña de acreción, los sedimentos más antiguos alejados de la fosa se van litificando, y las fallas y otros rasgos estructurales se inclinan por rotación hacia la fosa.
Éstos dejan escarpas semicirculares con pendientes de hasta 20 grados en las cabeceras y paredes laterales.