Cada fábula cuenta, en estilo llano, una sola y breve historia o anécdota que alberga una consecuencia aleccionadora.
Como género literario, posee un carácter mixto narrativo y didáctico, que ya apercibió La Fontaine al dividirla, en el prólogo a sus Fábulas (1667), en fábula propiamente dicha o "cuerpo" y moraleja o "alma".
Además debe contener estas propiedades: La fábula clásica reposa sobre una doble estructura; desde el título mismo se encuentra una oposición entre dos personajes de posiciones subjetivas encontradas.
Incluso si la fábula no tiene ya popularidad, el esquema que la forma se reencuentra en el hecho diverso (Christian Vandendorpe, De la fable au fait divers) y en la leyenda urbana (Jean-Bruno Renard, Rumeurs et légendes urbaines, París: Coll.
No debe confundirse con la parábola o relato simbólico ni con el discurso o sermón parenético, cuya intención es exhortar a seguir una conducta ética y por ello recurre con frecuencia a este tipo de procedimientos.
La señora, que temía de estas criaturas, colocó muchas trampas para matarlo.
Muchos de estos textos muestran una gran afinidad con los proverbios por su construcción antitética, pero no poseen una moral explícita.
En la antigüedad griega, la primera fábula, conocida como "fábula del ruiseñor", la contó Hesíodo a comienzos del siglo VII a. C. en Los trabajos y los días, y ya posee la intención de hacer reflexionar sobre la justicia.
Aunque en Homero no hay fábulas, sus comparaciones con animales ya poseen in nuce el germen del género.
En época clásica Sócrates entretuvo sus últimos días poniendo en verso las fábulas del legendario Esopo.
Era este un esclavo semilegendario de Asia Menor de cuyas circunstancias biográficas poco se puede sacar en limpio, salvo que fue vendido como esclavo en Samos al filósofo Janto, quien le prometió repetidas veces la libertad y la obtuvo al fin gracias a una intervención popular.
Nicóstrato hizo una colección de fábulas con intención educativa en el siglo , y también otros sofistas.
De Grecia la fábula pasó a Roma; Horacio escribió en Sátiras, II, 6, una memorable, la del ratón del campo y el ratón de ciudad; Fedro, siguiendo ese precedente, transformó el género en prosa en un género poético en verso.
Era un género muy útil a los sacerdotes que pretendían edificar moralmente y con sencillez al pueblo iletrado cuando se permitió que los sermones se hicieran en lengua vulgar; esta necesidad obligó a hacer las primeras recopilaciones de este tipo de materiales.
El más famoso y difundido fue, sin duda, la Disciplina clericalis del judío converso español Pedro Alfonso, entre otros muchos.
Gotthold Ephraim Lessing ilustró el género en Alemania e Ignacy Krasicki en Polonia.
En el siglo XIX la fábula se cultivó también con ahínco en el resto del mundo, aunque no en Francia; tuvieron éxito solamente las colecciones especializadas en temas concretos; en Rusia cultivaron el género Iván Krylov, en España Cristóbal de Beña (Fábulas políticas) y Juan Eugenio Hartzenbusch, en Chile Daniel Barros Grez (Fábulas originales) y en México José Rosas Moreno.
En 1961 el dramaturgo francés Jean Anouilh publicó una colección de 43 fábulas que fue muy vendida y revitalizó este género.
Las fábulas y los apólogos se utilizaron desde la Antigüedad grecorromana por los esclavos pedagogos para enseñar conducta ética a los niños que educaban.
[5][cita requerida] A lo largo de la historia, la fábula ha sido considerada más que un elemento lúdico o un género literario.