Algunas de las más afectadas fueron Oakland, Chicago, Washington D. C., Los Ángeles, Baltimore, Detroit, Nueva York, y Miami.
Era una sustancia barata, sencilla de producir, lista para usar y cuya elaboración resultaba muy rentable para los traficantes.
[1] Ya en 1980 fueron apareciendo informes sobre el crack en Los Ángeles, San Diego, Miami, Houston, y el Caribe.
Hacia 1984 el polvo de cocaína tenía una pureza del 55 por ciento y costaba 100 dólares el gramo mientras que el crack se vendía por el mismo precio con unos niveles de pureza superiores al 80 por ciento.
Según el informe de 1985-1986 del NNICC (National Narcotics Intelligence Consumers Committee o Comité de Consumidores de Inteligencia Nacional sobre los Narcóticos), el crack estaba disponible en Nueva York, Filadelfia, Cleveland, Cincinnati, Detroit, Chicago, San Luis, Atlanta, Oakland, Topeka, Kansas City, Miami, Newark, San Francisco, Buffalo, Dallas, Denver, Minneapolis, Phoenix, Seattle y Portland.
El grado exacto de conocimiento e implicación, en lo referente a la propia CIA, continúa siendo un tema polémico.
Un artículo del "Columbia Journalism Review" indicaba que "el Washington Post publicó un breve artículo en la página A20 en el que se centraba tanto en las luchas internas dentro del comité como en sus conclusiones; el New York Times publicó un breve artículo en la página A8; Los Angeles Times publicó una historia de 589 palabras en la página A11.
En el primer tomo se informaba de que no se había encontrado información que relacionara a Ross, Blandon o Meneses con la gente de la Contra o la CIA.
En este tomo sí se admitía sin embargo, que se había intervenido en la acusación del Departamento de Justicia a un traficante de crack vinculado a la Contra que operaba en San Francisco.
Por otro lado, los estados más afectados por este tipo de problemas fueron Maryland y Nueva York.
[15] Más que el propio consumo de la droga, los mayores costes sociales del crack estuvieron asociados a la violencia que se generó a raíz de su prohibición.
"[16] La violencia generada por la epidemia de crack terminó con la misma rapidez con la que había empezado.
Según pasaban los años, más y más niños que hubieran venido al mundo para vivir una vida en un entorno de mayor propensión al crimen, sencillamente no estaban ahí y éste cayó en toda la nación.
Durante la década de los 90, ser llamado "crackhead" se convirtió en un insulto en la cultura urbana.
Muchos jóvenes de la nueva generación se mantuvieron apartados del crack y jamás lo probaron.